2) Entrevista con Jorge Enrique Adoum (hijo)
ENTREVISTA A JORGE ENRIQUE ADOUM, PREMIO NACIONAL DE LITERATURA DE ECUADOR
POR IVONNE ZÚÑIGA, DESDE QUITO
¿Cuál es el recuerdo más lejano de su niñez?
Tengo un recuerdo remoto de cuando tenía tres años … Estoy en Ambato, en casa de mi abuela, con mi madre, y ambas lloran desesperadamente porque un hermano mío se iba a los Estados Unidos; las veo, abrazadas, llorando, y a mi hermano con un abrigo negro al brazo, que baja las escaleras. Llegó a los Estados Unidos justo para la crisis del 29, y cuando lo fui a conocer, prácticamente, cuarenta años después, me dijo, que lo que le salvó la vida entonces fue la distribución de sopa a los pobres, ya que fue a parar a un hospital. Vivió mucho tiempo en ese país como si no existiera, porque estaba ilegalmente en él; mucho después una nuera suya, esposa de su hijo mayor, que combatió en Vietnam, ganó un proceso contra el estado de Nueva York, gracias a lo cual pudo circular normalmente. Éramos siete hermanos: dos medio hermanos, hijos del primer matrimonio de mi madre, y cinco del segundo Y resulta que ya he enterrado a mis seis hermanos. Soy el segundo de los Adoum.
¿Su padre también fue escritor?
Mi padre fue un caso dramático de búsqueda y hallazgo de su destino. Era libanés y abandonó su patria cuando Líbano estaba dominado por los turcos y bajo un Protectorado francés. Como era nacionalista, llegó un momento en que le persiguieron las autoridades: turcas, francesas y libanesas. Poco hablaba de su vida: alguna vez cruzó el Sahara a pie y hablaba también sobre los asaltos en el desierto. Era costumbre, entonces, llevar el dinero en una bolsita en el pecho y quienes tenían experiencia solían cargar en el bolsillo una cebolla en lugar del dinero (¿vendrá de allí la frase “la bolsa o la vida”?). En aquella aventura un ladrón le dijo a mi padre: “Tírala, porque apesta””. La cebolla tenía ocho perforaciones hechas sin que él se diera cuenta. Creo que tuvo un hermano, medio pirata o qué se yo, que había llegado al Ecuador por casualidad y, como si fuera un cronista español, le había dicho a mi padre que acá se encontraba el oro en el suelo. De este modo, obligado mi padre a exiliarse, vino a dar en Guayaquil. Tradujo, hacia los años treinta, a poco de llegado, Las alas rotas, de Khalil Gibrán, y alguna otra que no recuerdo, y poco a poco fue llegando a las ciencias ocultas. Llegó a ser gran maestro Masón y gran maestro Rosacruz. Fue entonces cuando empezó a escribir. Los primeros trabajos de revisión de estilo que he hecho en mi vida fueron sus obras. Escribía a mano, durante el día, en su consultorio y en la noche yo debía pasarlos a máquina, hasta que me fui de casa. Después, mucha gente me ha confundido con él, sobre todo en Brasil, donde fue muy admirado.

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